El corto de un niño de 8 años representa a Tucumán en la Feria del Libro

3 05 2012

“El guardapolvo no se mancha” se llama el corto ideado por Kevin Suárez, estudiante de 8 años de la escuela 214, del paraje de alta montaña Gonzalo, en Tucumán representa a esta provincia en la Feria del Libro, en Buenos Aires.

Hace dos meses había ganado el segundo lugar en un concurso sobre derechos humanos organizado por la Secretaría de Justicia. Ese
certamen sirvió para que el video llegara a los ojos del Ministerio de Educación de la provincia, cuyas autoridades quedaron maravilladas -“algunos hasta lloraron con las imágenes”, comentó el profesor de música de la escuela, Nicolás Ibáñez, responsable de filmar el corto.

 “El derecho a la educación es el más valioso que nos pueden dar. Nuestro futuro depende de niños que valoran ser educados”, es la frase que el niño eligió para cerrar la conmovedora peliculita.

– ¿Por qué tu corto se llama “El guardapolvo no se mancha”?
– Una vez escuché en la radio que Maradona había dicho que la pelota no se mancha, y entonces se me ocurrió ponerle ese nombre. Pero también porque a la escuela todos tenemos que llegar impecables.

Tras ese objetivo, Kevin hace cosas increíbles en el camino al establecimiento. Se saca los zapatos y se arremanga el pantalón hasta las rodillas para cruzar el río, se acomoda en el caballo de tal forma que la montura no roce la vestimenta, y hasta cuelga el delantal de una percha a la que levanta con un largo palo en el momento en el que debe atravesar unos yuyos altos.

Ese esfuerzo tiene su explicación:  “Kevin es un niño muy especial: es inteligente, autodidacta y le gusta investigar. De hecho, todo esto (en alusión al corto) se puede hacer gracias a él”, se enorgullece Ibáñez. A su lado, asiente Gerardo Gamboa, director del establecimiento. “En general, la escuela es especial para todos los alumnos. Es el sostén, el lugar donde se forman no sólo como estudiantes sino también como personas. A diferencia de otros chicos, ellos se quejan cuando no hay clases”, relata.

– ¿Y qué hacés en el video?

– Bueno… me levanto de la cama, me lavo la cara y camino cuesta arriba… Porque la escuela está así, cuesta arriba.

Una escuela cuesta arriba es, para Kevin Suárez, mucho más que un edificio al que se accede subiendo varias lomadas. Es un esfuerzo que empieza todos los días a las 7, cuando el despertador trina en su humilde casa, distante cinco kilómetros del aula. Es un camino largo que se hace a pie (o a caballo, con la mejor de las suertes), a veces bajo el rigor de una helada, a veces con el sol hincándole la nuca. Es un río pedregoso, un matorral húmedo, un barrial espeso que atravesar en el medio del trayecto. Es la fatiga que sienten sus piernas de ocho años en el mismo momento en que miles de niños de otras ciudades se suben a un vehículo que los deja en las puertas del lugar donde se educan.
Mientras decide qué quiere hacer cuando sea grande -todavía no lo ha pensado bien, dice-, Kevin se divierte leyendo libros sobre planetas, satélites y el sistema solar, que es uno de los temas que más lo fascinan. Por supuesto, no desdeña su talento para la música -disfruta a Bach- y para la actuación -“no me da nada de vergüenza”, sostiene.

Publicado en La Gaceta de Tucumán, 2-5-2012. Leer original

Además de la emoción, solo nos queda reflexionar sobre lo que puede hacer, el poder que tiene un niño, una buena idea, un adulto conmovido y un equipo de soñadores que se animen a expresar lo que viven todos los días en la escuelita tucumana.

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